Ilustrador inglés

"Ja Ljubar Te" (Mini-Comics)
"The florist's wife". Sing Statistics
"Animal genetics". New Scientist Magazine (detalle)
Witch & Wizard Screenprints. Nobrow
En definitiva, el acto creativo no lo lleva a cabo el artista por sí solo; el espectador también contribuye ya que es él quien pone la obra en contacto con el mundo externo al descifrar e interpretar sus características internas. Marcel Duchamp, El acto creativo, 1957

La primera vez que Duchamp presenta su Portabotellas (1914) hacen su aparición en el mundo del arte los llamados ready-made, objetos ‘ya hechos’, generalmente de factura industrial, cuya condición original resulta rectificada al ser exhibidos en un ámbito que no nació para contenerlos: el del museo. Esa recontextualización forzada aumenta la ambigüedad del objeto y del mensaje liberado por él, convocando las capacidades interpretativas y reflexivas del intérprete. Es precisamente esa demanda interpretativa la que convierte al objeto común y corriente en objeto estético (Eco, 1994). Pero el efecto más importante es que al presentarse la realidad misma como objeto de arte, se plantea el problema de las relaciones entre realidad y representación: la estética del ‘objeto ambiguo’ cuestiona y borra a la vez el límite impreciso entre arte y realidad. 
Un ejemplo paradigmático que nos permite aclarar cómo los signos del arte "ya no se relacionan con las cosas del mundo exterior sino con la correlación de los signos entre sí" (López Anaya, 1995, p. 73) es la obra del artista conceptual Joseph Kosuth. Una de las ideas claves del conceptualismo de Kosuth es que las proposiciones artísticas no son un ‘hecho’ ni una cosa sino que son la expresión de formal de las definiciones sobre el arte. Las obras de arte contemporáneo no tienen un carácter de hecho sino un carácter lingüístico, en el sentido de que son una exploración de los límites del lenguaje y su capacidad de apertura, es decir, de su capacidad de liberar nuevos significados. Más precisamente: el arte es el ámbito en el que esa apertura tiene lugar. La reflexión no es extrínseca a la obra, sino que es la obra misma. El propósito de reducción de la obra a la idea del arte ha sido particularmente logrado por Kosuth en One and three chairs, de 1965. El título -que forma parte esencial de la obra- es expresión de los desafíos lógicos y semánticos que se proponen en ella: una silla es dispuesta al lado de una fotografía completamente neutra de la misma, y en un extremo, una definición del concepto ‘silla’ tomada del diccionario. La obra plantea innumerables preguntas; algunas atañen a los aspectos formales de la obra y a su lugar en el sistema de las artes: ¿Qué es lo que nos permite decir que esta es una obra de arte? ¿En qué reside la cualidad estética de la obra? Otras parecen referirse al contenido de la misma, dada las evidentes connotaciones platónicas de la obra: ¿Cuál de los tres -objeto, imagen, concepto- es el ‘verdadero’ objeto, o el objeto ‘real’? Asimismo es posible abordarla desde un enfoque puramente semiótico: ¿Cómo se dan en la obra las relaciones entre referente, significado y significante? Dado que el mismo Kosuth definió el arte como un espacio lógico-matemático, en el que las relaciones sintácticas entre los elementos ocupa un lugar privilegiado, es precisamente éste último enfoque (el semiótico) el que plantea los mayores desafíos. Si el espacio artístico es el que confiere a los objetos su status estético, el objeto que ostenta los atributos de lo ‘real’ (en este caso, la silla en sí, presente con toda su ‘realidad’ en la instalación) tampoco puede proponerse como referente, sino que, tanto la silla en sí, como la imagen y la definición tomada del diccionario se presentan como significantes (lingüístico, icónico, y ‘factual’) de un objeto extra-artístico. La verdadera silla no está allí sino que es referida por una multiplicidad de significantes cuyo conjunto forma el cuerpo de la obra. Pese a la probable remisión al objeto extra-artístico, la obra no propone salir de los límites que ella misma ha trazado, pues todos esos signos reenvían o remiten a sí mismos, planteando un juego autosuficiente y reflexivo.
El origen del Gran Vidrio se remonta a un recuerdo de la juventud de Duchamp, contado por él mismo: Un día ví en un escaparate un molinillo de chocolate en acción y este espectáculo me fascinó tanto que cogí esa máquina como un punto de partida. Lo que me interesaba no era tanto el aspecto mecánico del aparato, como el estudio de una nueva técnica. Obra audaz, con el Molinillo de Chocolate Duchamp no perseguía una expresión de originalidad, sino una innovación de orden técnico.
La obra es triste, la novia esta destinada eternamente a excitar a desnudarse y los solteros a vivir con esa imagen masturbándose. En cierto sentido y siguiendo con el análisis más allá de las apariencias de ingeniería, el Gran Vidrio es una visión particular del infierno de la soledad y la repetición continua casi maquinal. Sin embargo, podemos tener una lectura totalmente diferente de la obra, y es ahí donde Duchamp es maestro de los dobles sentidos. La obra también puede ser vista como una declaración de libertad, si tomamos en cuenta los tabúes que sobre la masturbación existen. La masturbación es concebida por la cultura occidental como una de las actitudes reprobables que a pesar de las reglas no puede ser reprimida, ni por la familia ni por la religión, es un acto íntimo que lo libera a uno de tener que agradecer a alguien por el placer recibido. Visto así, el Gran vidrio no sólo es una crítica a la ciencia, con la misma moneda, es un símbolo de rebelión contra la familia, la religión y los valores morales. Su función estéril y gratuita la ha echo tema de la vanguardia de los años sesentas con esa tendencia que se acerca al narcisismo y la apreciación de uno mismo “Los frígidos realmente la tienen echa” decía Andy Warhol. El Gran Vidrio es una pieza desafiante pero al mismo tiempo es también una máquina doliente y un legado a la indiferencia. La novia transita entre el deseo de perder su virginidad y la imposibilidad de lograrlo.
2) Solteros – Base arquitectónica de la novia. Sobre esta base de ladrillos, máquina de vapor con basamento de mampostería. – máquina soltero: asiento sólido, obesa, lúbrica (desarrollar). Motor deseo: consecuencia del engranaje lúbrico.